El Bosque

Me crié en un barrio lleno de huertos y casas de fin de semana para gente de la capital a las afueras de una ciudad dormitorio. Jugábamos a futbol entre piedras, a hockey con palos de madera, a beisbol con pelotas de tenis y salíamos con bici, quien tenia bici. 


Nos gustaba juntarnos en el garaje de Sito donde había de todo lo que un chaval necesitaba, herramientas, pintura, revistas guarras de los ochenta de todo.


Las tardes eran para estar con los amigos y las mañanas para ir al colegio o al instituto, normalmente…Pero aveces, quizás más de lo que me gustaría reconocer, nos saltábamos las clases para hacer, pues cualquier cosa.


Una mañana Isaac, Ruben, Giorgio y yo decidimos no ir a clase e ir a un bosque cercano al barrio para hacer un “almuerzo”. Para ello arrasamos el supermercado más cercano. Nos armamos con dulces industriales, las bebidas con mas azúcar que fuimos capaces de encontrar y nos dirigimos al Bosque por calles poco transitadas, cual ladrón después de un golpe.


En mi barrio había calles dignas de las locuras de Escher con; calles sin salida, calles minúsculas, calles sin calle y todas llenas de pintadas horribles muy lejos de poder ser consideradas obras de arte; Un te quiero Sara, un David quiere a Sara o Sara zorra. Sara era muy popular. También había muchos carteles con consignas que nunca leí o carteles con perros, gatos o abuelos perdidos.


Nosotros nos sentíamos los mas rebeldes de la ciudad, a la altura de James Dean en rebelde sin causa o como los cuatro niños de cuenta conmigo pero sin búsqueda de cadáver.


Nos gustaba sentarnos en la base de un gran poste eléctrico rodeado de árboles y algún bichejo que corría por ahí. Devoramos todo lo comprado en el supermercado agotando nuestras provisiones, parecía una escena de película de terror cutre justo antes de la aparición del psico killer. 

Cuando llego la hora que deberíamos salir de clase cada uno volvió a su casa, evitando así la correspondiente bronca por hacer campana, quedando para mas tarde, en la guarida habitual, el garaje de Sito.


Aquella tarde llovió lo suficiente para pensar en cambiar las bicicletas por lanchas, ademas la cantidad de rayos era tal que hacia imposible contar los segundos hasta el correspondiente trueno ya que se solapaban entre ellos. 


Hicimos el cafre como de costumbre desmontando todo lo que nos caía en las manos, riéndonos del Melón que se comía el bocadillo de chistorra en dos bocados para no tener que compartir, mientras el Loco intentaba superar su récord de flatulencias que llego a contarse en tiempo seguido y no en gases soltados, algo inaudito. 


Entre todo ese circo apareció Paco, un niño de unas calles más arriba empapado y sudoroso. Nos contó entre jadeos que al fin habían encontrado al abuelo del Mangui que estaba desaparecido. Era uno de esos carteles que competía por tener tu atención entre los carteles de perros y gatos desaparecidos. 


Lo habían encontrado en el Bosque, “nuestro” Bosque. 


Dias después nos enteramos por el periódico, que se había pasado los últimos cuatro días de bar en bar gastando el crédito y la paciencia de cada tabernero, durmiendo en portales y esquivando la familia. Al final cansado de esa vida, se dirigió al Bosque, cogió una cuerda que usaba de cinto la ató a un árbol en un extremo y el cuello en el otro y se dejó mecer. 

Todo eso sucedió la misma mañana, dos polos opuestos convergieron en un mismo punto, un mismo lugar, un bosque, el Bosque. Un anciano ya de vuelta de todo y con la idea muy clara de acabar con sus días y un grupo de jóvenes en pleno apogeo hormonal, sin ninguna preocupación ni problema, con una vida por delante sin ser consciente de tenerla. 

Siempre me he preguntado ¿que habría pasado si nos hubiéramos cruzado?, o ¿nos vio?, o ¿alguno de mis colega de almuerzo lo vio e hizo caso omiso?. 

Lo que sé es que para nosotros fue una mañana más, para él la última.

Todo esto me viene a la cabeza por que, no hace mucho estaba pasando unos días en mi antiguo barrio cuidando de mi madre que no estaba en su mejor momento. Una mañana muy temprano me desperté con la idea de volver al Bosque, agarre una vieja Polaroid con un único cartucho que tenia a mano y me puse en marcha. Dispare llevado por el recuerdo y fui guardando las fotos sin siquiera mirarlas mientras paseaba por mi pasado, absorto por el paisaje, el silencio y los recuerdos.

                                              Alberto Bayón-cerezo.

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